MÁGICA INFANCIA
Imagen rescatada de: https://bit.ly/2LQUE7C
Ha pasado mucho tiempo desde aquella tarde en que nos conocimos, tenías tan solo ocho y yo diez.
– Antonio, Antonio, amarre los caballos, tráigalos para ensillarlos, que hoy vamos donde el compadre y necesito que me acompañe – me decía mi padre. Aún era muy pequeño, y ese tipo de tareas era muy pesada para mí. Cuando salimos no sabía hacia donde nos dirigíamos ya que era la primera vez que salía con él.
En el camino me decía – hijo los hombres tenemos una gran responsabilidad de cuidar de las mujeres, porque son lo más hermoso de la tierra, y el día que usted encuentre a su mujer debe cuidarla y amarla por siempre – La verdad no entendía lo que me decía, pero yo disfrutaba de aquella fría mañana, al galope de mi caballo negro.
Después de caminar mucho, escuché unos ladridos de perros, le pregunté a mi padre – ¿Qué sucede papá? – a lo que me respondió - Ya llegamos hijo -. Un señor salió a abrir el portillo para que entráramos. Ansioso por ver en donde estábamos, pero con mucho susto, por los perros que aun ladraban en las patas de nuestros caballos.
Mi padre bajó primero, y luego me toma en sus brazos y me ayudó a desmontar. – Compadre, compadre, ¿cómo está? – Fue lo último que escuché, como desvaneciéndose en los aires, las voces de los adultos se alejaban, porque mi mirada fue atrapada por la belleza de aquella niña que estaba recostada en uno de los estantes de la casa de palma a donde habíamos llegado.
No sabía cómo hablarte, sentía mucho miedo, pero desde ese instante sentí que debía cuidarte. Todas las palabras que me había dicho papá se venían a mi mente. Mi corazón latía fuerte y más fuerte cuando escuché a tu madre decir – María, ve a jugar con tu nuevo amiguito -. Tú sin miedo corriste hacia mí y me tomaste de la mano. Mi corazón quería salir. – Vamos. Vamos, te mostraré mi casa -. – ¿Cómo es tu nombre? – preguntaste –. Yo no podía hablar, no encontraba la forma, no sé por qué me sentía así. De repente reaccioné – Soy Antonio -.
El tiempo a tu lado pasaba demasiado rápido. No sé en qué momento comenzamos a hablar de todo.
Me gustaba estar a tu lado comprando en tu tienda de mentira, compartiendo el arroz de arena en tu vajilla de checas de gaseosas que yo te había buscado. Quisiera devolver el tiempo para volver a construirte aquella casa de sábanas blancas sostenidas con los palos de escoba de tu mamá. Quisiera volver a buscarte el agua a la quebrada en mi caballo negro de calabazos biches y sillón de palitos secos, y darte un beso en la mejilla como excusa a mi regreso. Solo para estar a tu lado jugando.
Cuando llegaba el ocaso, mi sueño se desvanecía y las voces de los adultos se volvían a escuchar, entre las que oía decir – hijo es hora de regresar -. Y con lágrimas en mis ojos te daba el último beso en la mejilla, apretando fuertemente tu mano. Oh María mi amada María, aún no he dejado de amarte.
By Salvatore
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